Una mujer prometedora: Marguerite Youcernar
Asà era como el mundo y sus contemporáneos veÃan a la joven Marguerite Youcenar, cuando a los veintiséis años publica su primera novela, Alexis. No sorprendÃa a sus allegados su talento literario, siendo una pequeña niña de menos de 5 años recitaba a Racine y a los 10 habÃa aprendido en la casa de su padre, un aristócrata francés, latÃn y griego, con lo que desde adolecente la joven Marguerite Cleenewerck su nombre real, demostraba sus aptitudes que con el tiempo le darÃan fama y gloria literaria.
Por aquellos años de su primera novela conoció a una traductora estadounidense, Grace Frick, y Youcenar bisexual se enamora de ella, tras ese amor espontáneo por la americana, marcha a Estados Unidos. Se mantienen juntas hasta la muerte de Frick en 1979. Youcenar se dedicó por aquel entonces a ejercer de traductora de algunos autores, a los que ella admiraba como Henry James.
Youcenar estaba destinada a muchas y grandes cosas. Huérfana de madre la crió su padre, un hombre de noble orÃgen y de cosmopolita existencia, que hizo a su hija participe de la mejor educación y de una vida que le permitió una concepción amplia del mundo que ya luego ella a través de sus letras nos confiarÃa. Youcenar no escribió solo novelas, aunque su imágen ha sido beneficiada por el gran éxito de su novela “Memorias de Adriano” autobiografÃa novelada del famoso emperador romano, que supuso todo un éxito para la escritora francesa.
Youcenar era una mujer independiente y voluntariosa, un alma inclinada a las artes y siempre en busca del conocimiento. Cuando las mujeres no se enteraban de su papel importante en las sociedades, Youcenar conmovia los sentidos de sus lectores con sus novelas y poemas, y se convertÃa por su propio talento en una escritora reverenciada, primera mujer en acceder a la Academia Francesa, rompiendo con los esquemas que habÃan mantenido las mujeres lejos de ella durante mucho tiempo. Irreverente y sincera, nunca ocultó su sexualidad, asumió su vida en la búsqueda de lo que ella pensaba era lo único que valÃa, la propia felicidad.
Erótico
Tú la avispa y yo la rosa;
Tú el mar, yo la escollera;
En la creciente radiosa
Tú el Fénix, yo la hoguera.
Tú el Narciso y yo la fuente,
En mis ojos tú brillando;
Tú el rÃo y yo el puente;
Yo la onda en mà nadando.
Y tú el sol y la sal
Y en los labios el caudal
Del rumor meciendo el juego.
Yo el pájaro y el cielo
Azul cruzando su vuelo,
Como el alma atiza el fuego.
 Firme propósito
Ni ampararse del dÃa bajo el árbol de nieblas,
Ni morder el verano en las frutas dormido,
Ni besar en los labios lentos de tinieblas
Al muerto evaporado y vano de haber sido.
Ni penetrar el centro del álgebra frÃo,
Ni en el vacÃo clavar la máscara infinita.
Ni sembrar el olvido en el glorioso rÃo
Y derramar la nada en la tumba bendita.
Ni rozar, Amor mÃo, tu boca entregada,
Ni su deseo quemar sin la llama esperada,
Ni arrastrar en el cuerpo rendido la herida.
Ni rezar con las manos juntas de la pena,
Pero traer consigo en la noche serena
El hondo corazón donde sangró la vida.


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